Me sirve la catarsis. Saco todo lo que quiero que esté afuera. Quiero que salgan de una vez todas las lágrimas que he querido llorar. Qué difícil es estar encerrada en estas cuatro paredes; y sin embargo, no querer salir tampoco. Y qué difícil es estar con el ánimo para arriba y para abajo.
Después de ayer, empecé a perdonarme. Empecé a perdonarte también. No sé cuánto más he de tardar. No sé cuánto te engañé o cuánto me engañaste, o cuánto nos engañamos. Ya no importa. Una pequeña parte de mí aún tiene una pequeña duda, como la pequeña flama de una vela en medio de la calle. Tarde o temprano se apagará. Somos lo que fue, fuimos lo que ya no es. Y si algún día llega a ser de nuevo, no seremos nunca más ésto. De eso me encargué yo. Y corresponde a ti y a mi que no vuelva a suceder de esa manera.
Suerte. Mucha suerte. Enamórate, enójate, ahora sí ódiame, ríete, juega, investiga, encuentra opciones, cumple tus objetivos.
Después de unos días, volveré a sentir ese inmenso dolor y esa nostalgia. Volveré a creer que todo está muy mal, que recordaré sólo el daño que me hiciste y lo mucho que me cuesta. Pero esta pared está de testigo de que libro todos los días una lucha interna y que no me queda de otra más que salir victoriosa de ella.
Lo siento.
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